Artículo

Oriente Próximo no se hundió solo

Texto original desde Word. Sin reescritura.

Volver a Artículos

Oriente Próximo no se hundió solo

Hay una mentira muy útil, muy repetida y una forma profundamente racista de mirar Oriente Próximo: asumir que Oriente Próximo vive atrapado entre dictaduras, fanatismos y violencias porque sus sociedades no han sabido evolucionar, su religión es incompatible con la libertad o porque “allí siempre han sido así, salvajes”. Esa mentira tiene una función política muy clara: borrar la responsabilidad de quienes durante más de un siglo convirtieron la región en una especie de laboratorio de cinismo imperial. Oriente Próximo no se hundió solo. Lo ayudaron a hundirse. Y aquí aparecen los nombres de siempre, una y otra vez: Reino Unido, Francia y, más tarde, Estados Unidos.

Primero fueron Londres y París, que tras la agonía del Imperio Otomano se repartieron la región con la arrogancia de quien trocea un mapa ajeno desde un despacho europeo. El acuerdo Sykes-Picot de 1916 no fue un accidente diplomático ni una torpeza de la época. Fue una declaración de principios. Para estos dos países, Oriente Próximo no era un conjunto de pueblos con derechos a decidir su destino, sino una zona a repartirse, administrar y explotar. Después llegó el sistema de mandatos de la Sociedad de Naciones, que vendió como “tutela” lo que en realidad era colonialismo con una capa de barniz jurídico. Irak y Palestina quedaron bajo control británico; Siria y Líbano, bajo control francés. El lenguaje era más fino que el de las viejas conquistas, pero la lógica era la misma: mandar sobre otros sin preguntarles nada.

Reino Unido llevaba ya décadas actuando en Egipto como dueño de la casa. Lo ocupó en 1882 y lo convirtió en protectorado en 1914. En Adén y en el Golfo tejió una red de subordinaciones políticas para asegurar rutas comerciales, puertos y posiciones estratégicas. Francia hizo en Siria y Líbano lo que tantas potencias europeas hicieron en otros lugares: presentarse como portadora de la civilización mientras imponía desde fuera marcos políticos útiles para sus propios intereses. No fueron benefactores torpes, sino potencias imperiales defendiendo poder, comercio y control. Conviene decirlo así, sin maquillar la verdad.

Cuando el colonialismo clásico comenzó a ser impresentable, no desapareció la dominación, simplemente cambió la forma. Ahí entró Estados Unidos, que entendió muy bien la lección británica y francesa. Ya no hacía falta ocupar cada territorio con bandera propia, bastaba con algo más limpio de cara a la galería y más eficaz en la práctica: sostener gobiernos aliados, castigar proyectos soberanos, asegurar bases militares, garantizar el flujo energético y tumbar a quien amenazara ese orden. Menos virreyes y más servicios secretos. Menos uniformes coloniales y más operaciones encubiertas. Menos discurso civilizador y más retórica sobre la estabilidad.

El caso de Irán en 1953 sigue siendo el ejemplo más obsceno. Mohammad Mosaddegh no era un fanático ni un caudillo delirante. Era el símbolo de una posibilidad que a Londres y Washington les resultaba intolerable: que un país de la región intentara controlar su riqueza, especialmente su petróleo, y trazar una vía más soberana. La documentación oficial estadounidense y los archivos desclasificados no dejan mucho espacio para la ingenuidad: hubo planificación e implicación en la operación que acabó con su derrocamiento. Es decir, cuando un dirigente de la región quiso que los recursos de su país dejaran de servir dócilmente a intereses extranjeros, la respuesta no fue el respeto a la autodeterminación ni a la legalidad democrática, sino un golpe de Estado con participación de la CIA y el MI6. Después se habla mucho de democracia, pero cuando la democracia toca los beneficios de unos pocos, oleoductos o hegemonía, a las grandes potencias se les cae enseguida la careta.

Ese es el punto que demasiada gente no quiere mirar de frente: a Estados Unidos, Reino Unido y Francia no les ha escandalizado históricamente cualquier falta de derechos humanos en Oriente Próximo; les ha escandalizado la desobediencia. La prueba no está en una frase grandilocuente, sino en un patrón repetido: la tolerancia hacia regímenes útiles, hostilidad hacia proyectos demasiado autónomos, indignación selectiva según convenga al tablero de juego. Lo que se defendía no era la libertad de los pueblos, sino un orden regional favorable a intereses energéticos, militares y geopolíticos. Lo demás –los discursos sobre civilización, seguridad o modernización– ha servido muchas veces para envolver la misma operación de siempre: mandar sin asumir del todo el coste moral de decir que se manda.

Luego vienen los mismos analistas de siempre a preguntarse por qué la región se radicaliza. La pregunta correcta es otra: ¿qué esperaban que ocurriera? ¿Que sociedades sometidas durante generaciones a repartos imperiales, mandatos, ocupaciones, golpes de Estado, guerras, humillaciones y tutelas extranjeras crearan serenamente democracias estables? Las sociedades no se radicalizan por capricho, se radicalizan cuando el espacio político es destruido, cuando la vía moderada fracasa, cuando la soberanía se vuelve una ficción y cuando la vida cotidiana transcurre bajo miedo, miseria o violencia. La humillación prolongada no suele producir ciudadanos apacibles y cosmopolitas. Suele producir trauma, rabia, repliegue identitario y radicalización.

Eso no significa absolver a los actores locales. Sería una estupidez tan grande como la versión contraria. Claro que hay clérigos reaccionarios y oligarquías corruptas o monarquías depredadoras. Claro que los talibanes son responsables de su barbarie, pero una cosa no quita la otra. Occidente es responsable de muchos de esos monstruos, puede que no los inventara todos, pero si creó las condiciones para que muchos crecieran, se legitimaran o sustituyeran alternativas más democráticas. Y no hizo nada para evitarlo.

También resulta intelectualmente pobre explicar los males de Oriente Próximo por el islam. El cristianismo fue durante siglos una maquinaria feroz de control, censura, patriarcado y persecución. Europa no avanzó porque el cristianismo se volviera bondadoso, nunca lo fue. Avanzó porque su poder fue siendo limitado por luchas políticas, por secularización, por feminismo, por educación pública, por sindicalismo, por conflicto social y por construcción institucional. Los derechos no brotaron del altar, se arrancaron contra quienes lo utilizaban para mandar. La pregunta, entones, no es por qué una religión sería intrínsecamente mejor que la otra, sino por qué unas sociedades tuvieron más tiempo, más paz y más margen para pelear derechos, mientras otras fueron destrozadas una y otra vez desde fuera y disciplinadas desde dentro.

Y ahí es donde la responsabilidad de Washington, Londres y París se vuelve imposible de esconder. Porque cuando una región es tratada durante décadas como un tablero estratégico, la prioridad deja de ser la dignidad humana y pasa a ser el control. Se toleran tiranos si garantizan estabilidad. Se venden alianzas como su fueran principios. Se invoca el derecho internacional a ratos y se pisotea cuando molesta. Se habla de derechos humanos con una mano mientras con la otra se protege el orden que impide ejercerlos. Esa doble moral no ha sido una anomalía, ha sido la constante.

Es por esto que Oriente Próximo no debe explicarse como el fracaso de unos pueblos incapaces de vivir en libertad. Debe entenderse como el resultado de una larga cadena de egoísmos imperiales, cobardías diplomáticas, intervenciones calculadas y complicidades con élites locales que encontraron en el apoyo extranjero la mejor manera de perpetuarse. Reino Unido y Francia abrieron muchas de las heridas y Estados Unidos aprendió a gestionarlas, profundizarlas y explotarlas con notable eficacia. Y después, desde la superioridad moral, se ha culpado a las víctimas de no parecerse a quienes ayudaron a destruir sus condiciones de desarrollo.

La verdad es bastante más simple y más brutal: las sociedades no avanzan cuando viven en permanente amenaza, bajo tutela o bajo violencia. Avanzan cuando tienen tiempo, paz, instituciones y margen para discutir, organizarse y arrancar derechos a los poderes que los oprimen. A Oriente Próximo, demasiadas veces, ese tiempo se les robó. Y quienes lo robaron no fueron dioses ni maldiciones culturales. Fueron gobiernos concretos, con banderas concretas y con intereses muy concretos: poder y dinero y, si para obtenerlo o mantenerlo tienen que morir miles de personas, que así sea.


Si quieres comentar el artículo o proponer un tema: Contacto.