La mayoría israelí que ha decido no sentir
Mirar Gaza arder como espectáculo, justificar el hambre, pedir expulsiones y seguir llamándolo “defensa” no es una desviación puntual: es la expresión social de décadas de deshumanización
No, no son cuatro fanáticos aislados o cuatro adolescentes descerebrados amplificados por las redes sociales. No es un accidente moral menor. Cuando una colina junto a Sderot se convierte en lugar de peregrinación para observar los bombardeos sobre Gaza como si fueran un espectáculo, cuando se instalan prismáticos de pago para contemplar la destrucción, cuando en redes circulan montajes de urbanizaciones de lujo sobre la costa gazatí mientras la población palestina es masacrada y desplazada, lo que tenemos delante no es una anécdota desagradable: es una obscenidad social. Y una obscenidad social sostenida en el tiempo deja de ser una excepción para convertirse en síntoma. (Artículo de Le Monde donde se habla de los miradores)
Conviene decirlo con precisión, sobre todo si uno quiere ser implacable sin regalarle al adversario la coartada de acusarte de antisemitismo. Esto no va de “los judíos” como categoría religiosa o étnica. Va de una mayoría política y social israelí –principalmente judía, porque así está estructurado el Estado y así están segmentadas las encuestas– que ha normalizado la idea de que la vida palestina vale menos, duele menos y puede ser sacrificada en nombre de una seguridad siempre invocada y nunca satisfecha. Decir eso no es odio racial, es descripción política de una realidad documentada, y además una descripción que hacen también organizaciones israelíes de derechos humanos. (Como esta)
La mejor prueba de que no hablamos de una esencia nacional ni de una condena étnica es que existe una minoría israelí que sí se rebela contra todo esto. Hay israelíes que protestan, denuncian, arriesgan su prestigio, trabajo y seguridad para decir que Gaza es una atrocidad moral. En abril de 2025, The guardian documentó protestas en Israel protagonizadas incluso por supervivientes del Holocausto y por activistas de Standing Together, precisamente para denunciar la matanza y la hambruna infligidas a Gaza. La propia B’Tselem, organización israelí, afirmó en 2025 que Israel está cometiendo genocidio en la Franja de Gaza y que ese genocidio se apoya en décadas de separación y deshumanización de los palestinos. Esa minoría existe, luego había otra opción. Y precisamente por eso la mayoría no puede escudarse del todo en la ignorancia. (Aquí el artículo de The guardian)
Para entender cómo se llega hasta aquí hay que dejar de hablar de “conflicto” en abstracto y mirar la estructura. Organizaciones como B’Tselem, Human Rights Watch y Amnistía Internacional llevan años describiendo el régimen impuesto a los palestinos como un sistema de supremacía y apartheid, sostenido por leyes, prácticas administrativas, violencia organizada y discriminación estructural. Cuando una sociedad vive durante generaciones dentro de un marco político que le enseña que un pueblo entero debe estar permanentemente controlado, cercado, fragmentado y subordinado, la empatía no desaparece por accidente: se erosiona porque el propio sistema la considera un estorbo. (Aquí B'Tselem llamando a esto apartheid)
A todo esto hay que sumar la profunda militarización de la vida israelí. El propio ejército explica que el Estado exige servicio militar a la mayoría de ciudadanos judíos, drusos y circasianos a partir de los 18 años, con excepciones específicas. No es un detalle menor. En una sociedad donde el ejército no es una institución periférica sino una experiencia de socialización de masas, la mirada sobre el palestino queda filtrada por la lógica del enemigo, del objetivo, de la amenaza, del territorio a controlar. El otro deja de ser vecino, trabajador, estudiante o niño y pasa a ser un problema de seguridad. Y cuando eso ocurre a escala de sociedad, la compasión empieza a parecer una ingenuidad o incluso una traición. (Aquí puedes verificar lo que escribo)
El resultado de lo dicho anteriormente está hoy medido por números. Según una encuesta del Israel Democracy Institute publicada en agosto de 2025, un 79% de los judíos israelíes decía sentirse “poco” o “nada” afectado por las informaciones sobre hambre y sufrimiento entre la población palestina de Gaza. La misma encuesta mostraba que un 70% de los judíos israelíes confiaba en los datos del ejército sobre víctimas civiles palestinas. Es difícil imaginar una radiografía más cruda: una mayoría amplia no se conmueve demasiado ante el hambre del pueblo que su Estado bombardea y, además, delega su percepción moral en la narrativa de la institución que ejecuta esa violencia. (Aquí puedes ver la encuesta)
UNICEF informó que, entre el 7 de octubre de 2023 y el 3 de febrero de 2026, se habían reportado 71.803 palestinos muertos en Gaza, entre ellos al menos 21.289 niños, además de 171.230 heridos. Es decir, esa anestesia moral no opera frente a cifras inciertas o remotas, sino frente a una devastación humana de escala histórica, ampliamente documentada por organismos internacionales. Cuando una mayoría sigue sin sentirse interpelada ante una matanza de esa magnitud, ya no estamos solo ante desinformación: estamos ante una catástrofe ética. (Aquí informe de UNICEF)
Sería demasiado cómodo para esa mayoría de israelíes refugiarse en el argumento de que “no sabe”. Es cierto que el sistema mediático israelí ha contribuido de forma decisiva a filtrar la realidad. The Guardian recogió en agosto de 2025 el testimonio de la analista Anat Saragusti, según la cual, salvo excepciones como Haaretz, gran parte de los medios generalistas israelíes ignoraron durante meses el coste humano palestino y reprodujeron el relato gubernamental sobre Gaza. Pero incluso ahí hay que ser severos: la censura, el sesgo mediático y el bloqueo informativo explican una parte del problema, no lo absuelven. La gente también elige creer lo que les exonera y hace sentir más cómodos. La propaganda funciona mejor cuando encuentra una sociedad dispuesta a dejarse engañar. (Artículo de The Guardian)
La prueba de que no se trata solo de mirar hacia otro lado, sino también de abrazar activamente horizontes de dominación, la aportan las propias encuestas israelíes. En febrero de 2025, el INSS halló que un 31% de los judíos israelíes apoyaba “fomentar la emigración palestina desde Gaza”, un 22% consideraba necesaria para la victoria la anexión de Gaza y el restablecimiento de asentamientos judíos allí; y ese mismo mes un 31% de la población judía apoyaba la anexión de Cisjordania. Un mes después, otra encuesta del INSS mostraba que un 24% del total de la población –29% entre la población judía– respaldaba la anexión total de los territorios sin conceder derechos civiles a los palestinos. Esto ya no es mera indiferencia, es normalización social de programas abiertamente supremacistas: expulsar, recolonizar o dominar sin igualdad de derechos. (Aquí la encuesta)
También se ha desplomado la percepción de una paz con igualdad. Pew Research Center constató en junio de 2025 que solo el 16% de los judíos israelíes creía posible la coexistencia pacífica con un Estado palestino independiente, mientras que un 42% prefería que Israel controlara Gaza después de la guerra. Dicho de otro modo: para amplios sectores de la mayoría judía israelí, el horizonte no es la convivencia, sino la administración permanente de la fuerza. Aquí no hay un simple miedo coyuntural; hay una subjetividad política moldeada para ver la subordinación palestina como normalidad y la igualdad como amenaza. (Aquí el artículo)
Por eso los miradores de Sderot importan tanto. No porque sean el núcleo del problema, sino porque lo condensan en una imagen insoportable: una sociedad que ha logrado convertir la destrucción ajena en paisaje de costumbre y en conversación de atardecer. Los cuerpos palestinos quedan fuera de plano, reducidos a humo en el horizonte, a ruido de fondo, a un dato sospechoso, daño colateral, a culpa de Hamás o propaganda enemiga. Esa distancia emocional no surge sola; es el resultado de años de separación física, adoctrinamiento, impunidad internacional y privilegio material. Lo terrible no es solo que haya gente capaz de subir a una colina a mirar bombas y admirar como su país destroza a un pueblo, sino que se sientan moralmente autorizados para hacerlo.
No voy a afirmar que “todos los israelíes” piensan así. Sería falso, injusto y políticamente torpe, pero si voy a decir algo más duro porque es más exacto: demasiados israelíes han aceptado la deshumanización palestina como precio razonable a su tranquilidad, de su identidad nacional o de su comodidad moral. Y cuando una sociedad acepta que un niño palestino hambriento vale menos que su relato de seguridad, esa sociedad no solo está fallando políticamente: está entrando en una zona de bancarrota moral de la que luego costará generaciones salir.
Hay algo particularmente obsceno en ese mecanismo. La mayoría israelí quiere seguir pensándose a sí misma como víctima eterna de la historia y, al mismo tiempo, conservar el derecho a no mirar de frente a las víctimas que produce el presente. Quiere memoria para sí y amnesia para el otro. Quiere que el mundo sienta su dolor, pero que considere exagerado, dudoso o sospechoso el dolor palestino. Quiere monopolizar la humanidad y externalizar la barbarie. Y eso, dicho con toda claridad, no es defensa propia: es degradación moral bajo bandera nacional.
La lección final es incómoda, pero necesaria. La ocupación no solo destruye al ocupado. También corrompe al ocupante. Lo envilece, lo acostumbra al privilegio armado, le vacía el lenguaje moral y le enseña a convivir con el sufrimiento ajeno sin sentir vergüenza suficiente. Lo que hoy vemos en una parte mayoritaria de la sociedad israelí, no es una patología inexplicable, sino el producto lógico de un régimen de separación, supremacía y violencia sostenido durante décadas y blindado por la impunidad internacional. Por eso el problema no es solo Netanyahu, ni sus ministros fascistas, ni solo los colonos más fanáticos. El problema es también esa mayoría que, pudiendo mirar, ha elegido no ver; que, pudiendo saber, ha elegido no sentir, que, pudiendo romper con la barbarie, ha preferido convivir con ella.
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