El PP cada vez más cerca del neofascismo de VOX
El PP quiere presentarse como partido de Estado, pero cada vez actúa más como correa de transmisión de la derecha autoritaria, es decir, del partido neofascista VOX. No solo porque pacte con ellos, ni porque haya asumido parte de su agenda cultural, sino también porque cuando llega una guerra, cuando llega una crisis internacional, cuando llega el momento en que un dirigente tiene que escoger entre legalidad internacional o servilismo atlántico, el PP vuelve a mirar hacia el mismo sitio: Aznar. Hacia la obediencia al poder militar violento de Washington y hacia el desprecio a una sociedad española que, una vez más, dice no a la guerra. Hoy no estamos viendo una anécdota. Estamos viendo un patrón.
Esto es exactamente lo que ha ocurrido estos días. Miguel Tellado ha acusado al Gobierno de que el “no a la guerra” “daña la imagen internacional de España” y ha llegado a decir que, en realidad, ese lema equivale a decir “no a la democracia”. No es un desliz, es una definición política. Para la nueva derecha del PP, o te alineas con la escalada bélica de Estados Unidos e Israel o quedas fuera del campo democrático. Es una idea gravísima: convierte la paz en algo sospechoso, la prudencia en traición y la legalidad internacional en una molestia. Y la convierte, además, contra el criterio de una mayoría social: según una encuesta de 40dB para El País y la SER, el 68,2% de los españoles respalda la posición del Gobierno de España frente a la guerra. El PP no está defendiendo a España frente a una opinión pública confundida: está enfrentándose a la mayoría del país para no incomodar a su ala aznarista.
La hipocresía se vuelve obscena cuando uno recuerda quiénes dan esas lecciones. El PP actual intenta fingir que no apoya la guerra, pero El País ha documentado que en los primeros días desde su cúpula hubo satisfacción por la operación contra Teherán, y que Cayetana Álvarez de Toledo llegó a verbalizar un “si a la guerra contra Irán”. Al mismo tiempo, FAES, la fundación de José María Aznar, llamó a Sánchez “el tonto útil” de este contexto, habló de “política exterior de Barrio Sésamo” y despreció como “impostura buenista” el respeto al derecho internacional. Esa es la fotografía real del PP cuando se rasca el barniz: un partido arrastrado por el aznarismo, por Ayuso y por un atlantismo reaccionario que solo se siente cómodo cuando España obedece.
Entonces aparece el espejo de 2003. Aznar ha vuelto a despreciar el lema “No a la guerra”, diciendo que “no es momento para eslóganes” y burlándose de esa consigna como si fuera una frivolidad. Pero fue exactamente ese “eslogan” el que expresó una de las mayores movilizaciones ciudadanas de la democracia española contra la invasión de Irak, una guerra respaldada por Aznar en la foto de las Azores. Más de veinte años después, Aznar sigue sin hacer autocrítica: en octubre de 2025 rechazó admitir errores por la invasión de Irak y sostuvo que su Gobierno dijo “la verdad en todo momento” tras el 11-M. es decir, no solo no rectifica, sino que persevera. Y el PP de Feijóo, lejos de desmarcarse, vuelve a colocarse en esa misma tradición política.
Conviene recordar lo esencial, porque aquí no caben amnesias cómodas. La invasión de Irak de 2003 se produjo sin una nueva autorización especifica del Consejo de Seguridad, y en el propio debate de la ONU una amplia mayoría de Estados sostuvo que la acción militar violaba la legalidad internacional y la Carta de Naciones Unidas. En España, la comisión parlamentaria sobre el 11-M fue muy clara: la guerra de Irak “no puede considerarse el elemento determinante” del atentado, pero la participación activa de España en esa contienda supuso “la elevación evidente del riesgo” de un atentado del terrorismo islamista en nuestro país. Ese matiz no rebaja la gravedad; la aumenta. Porque significa que Aznar metió a España en una guerra que deterioró la legalidad internacional y, además, incrementó el riesgo para la seguridad de los españoles.
El precio fue insoportable. El 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió el peor atentado terrorista perpetrado en suelo europeo, con 193 muertos y más de 2.000 heridos, según el Ministerio del Interior. RTVE lo sigue describiendo como la mayor acción terrorista de la historia de España. Nadie serio sostiene que Aznar “ordenara” el atentado; los asesinos fueron los terroristas, pero tampoco puede aceptarse la coartada moral de que el Gobierno no tuvo ninguna responsabilidad política en el contexto que ayudó a crear. La propia documentación del Congreso desmontó esa impunidad narrativa: los autores fueron islamistas radicales, ETA no participó, y la implicación de España en Irak elevó el riesgo. Por eso resulta insoportable escuchar hoy al aznarismo repartir carnés de democracia a quienes se oponen a otra guerra ilegal.
Lo verdaderamente inquietante es que el PP no aprende de aquel desastre: lo recicla. En 2025 su propia ponencia política asumió marcos cada vez más duros sobre memoria democrática e inmigración, y en marzo de 2026 Tellado ha colocado al partido en una posición donde rechazar una guerra pasa a ser, según él, rechazar la democracia. Eso ya no es conservadurismo clásico, es otra cosa. Una derecha radicalizada, que se siente incómoda con la paz cuando la paz no la dicta Washington, que trivializa el derecho internacional, que normaliza el lenguaje de excepción y que necesita convertir al discrepante en sospechoso. No es todavía VOX, pero si es el terreno en el que VOX crece mejor: un terreno donde la derecha tradicional deja de contener a la extrema derecha para empezar a parecerse a ella.
Por eso el peligro no es solo el partido fascista VOX. El peligro es un PP que está dejando de ser una derecha liberal-conservadora homologable para convertirse en el gran vehículo de normalización de la extrema derecha salvaje española. Si sigue por este camino, quizá no adopte de golpe toda la liturgia del neofascismo, pero si hará algo decisivo: volverlo gobernable, aceptable y cotidiano. Y cuando una derecha mayoritaria asume que la paz es debilidad, que los derechos son estorbos y que la democracia consiste en obedecer al bloque de poder que ellos quieren, el viaje de radicalización entra en una fase muy difícil de revertir. Ese si puede ser el camino de no retorno. El que el PP está caminando para convertir al fascismo como algo aceptable.
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